Rincón Poético
| Fragmento #2 - De Una Novela No Publicada |
| prosa |
| En el funeral (cementerio), estaban todos sus hijos, sus tantos niños, todos crecidos, todos viejos. Tristes ojos volaban aquellas tarde en medio de un calor agobiante… - “Llevando la pelota por la punta izquierda, se mete en las dieciocho… “-, en esta forma se narraba el partido de fútbol que un niño, a veinte metros de la tristeza cooperativa, jugaba. - “Queridos hermanos en esta tarde calurosa, quisiéramos elevar nuestras oraciones al Todopoderoso, el que todo lo sabe, el que todo lo limpia y lo sana; unidos por nuestra fe encomendamos el alma de Guillermina Hernández. Señor recíbela en tu regazo para siempre”-. Mientras esta ceremonia se llevaba a cabo el niño aun jugaba su partido, y casi a punto de meter el gol, en un tanque de acero viejo que se encontraba justo al lado de una estatua grande que, supuestamente, jugaba el papel de Cristo. - “Descanse en paz el alma de Guillermina, agarrémonos las manos y de esta forma despidámosla con la gran convicción de encontrarnos con ella nuevamente en la morada de Dios”- el ataúd empezó a descender a ese oscuro destino, a esa tierra seca, sin esperanza alguna; se oía un murmullo a lo lejos, era la voz en un tono muy bajo del niño que estaba a punto de meter el gol deseado. El sacerdote oraba en vos alta el Ave María: -“Santa María, madre de Dios ruega por nosotros… ahora y en la hora de nuestra muerte. Amen.- Se oían llantos lentos, que parecía, que iban saliendo poco a poco desde lo profundo del alma. El olor a flores mezclado con el otro olor, típico de muerto, invadía el lugar. Aparte de la mar, que asomaba allá a lo lejos dejando ver sus olas hambrientas, despidiendo también su olor peculiar, estaban los sonidos de las voces, el sacerdote diciendo sus oraciones y el niño, a pocos metros de allí, tratando de buscar el momento más emocionante para meter su gol. El ataúd ya iba casi por la mitad del pozo sin agua, buscando acomodo eterno entre la tierra recién removida. Las piedritas se desprendían de las cuatro paredes de tierra que acompañarían a Guillermina para siempre y caían sobre el cajón, parecía que quisieran despertar a su huésped en medio de aquel viaje que apenas emprendía. En niño en su afán del gol seguía con su narración, “llevando el esférico por la extrema derecha, saca uno, saca dos, se acerca al arco, ahí va señoras y señores, Juan Ramón “la bruja Verón” con el balón… El cura aceleró la voz mientras daba la despedida eterna a Guillermina, cuando el ataúd iba más allá de la mitad del pozo, las mujeres empezaron a llorar más fuerte. El niño llevaba su narración a la perfección, estaba a punto de conseguir el gol deseado. -“… se acerca al arco, saca a un defensa, se perfila por la izquierda…”- Mientras esto sucedía, del otro lado se intensificaban los llantos, que poco a poco se iban convirtiendo en alaridos. El cura en su afán oraba más alto: -“Santa María madre de Dios ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”-. Cuando el ataúd toco el fondo del pozo una mujer lanzo un alarido tremendo. –“¡Ay mi madre!”- … pero al mismo tiempo el niño narraba el gol: “…saca a uno, saca a dos, patea al arco, el portero se lanza pero ¡goooooooooooooooooooooooooooool del Atlético Junior! ¡Qué maravilla! ¡¡¡Golazo de Juan Ramón “la bruja Verón”!!!, a los cuarenta y cuatro minutos del segundo tiempo”-. El niño brincaba de alegría, mientras el dolor de su familia ocurría, ahí a veinte metros, de donde había conseguido meter el gol, en aquel tanque viejo, abandonado en el cementerio de esa ciudad. |
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